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ATENCO SOMOS TODOS

LOS NIÑOS DE MORELIA

LOS NIÑOS DE MORELIA

Nada como la despiadada mirada y el diagnóstico de los niños que llegaron a México hace setenta años, acompañados por un grupo de maestros españoles, a los que habían prometido que podrán ocuparse de la educación de sus alumnos, y un refugio digno, a salvo de la guerra civil. Nada de eso se cumplió. Al mismo llegar, cuatrocientos cincuenta y seis niños entre seis y doce años fueron separados de sus maestros, internados en régimen semicarcelario, separados por sexo en dos antiguos seminarios, con una severa disciplina militar, y en condiciones de supervivencia extremas, gracias a la vieja e inveterada corrupción, que enriquecía a los responsables a costa del presupuesto destinado a la alimentación y necesidades básicas de los niños, que venían en condiciones precarias de salud, sin reservas después de un año de guerra y una travesía en el Mexique.
En estas condiciones, murieron y desaparecieron niños que nadie pareció echar de menos, y algunos tuvieron la suerte de fugarse y no ser devueltos a su encierro, y pueden narrar sin ira y sin piedad lo que significan los afables discursos que ofrecían su melosa ración de buenos sentimientos, según es costumbre en México, adonde se da la mayor proporción de gobernantes émulos del padre de los Karamazov, malos y sentimentales.
Para acabar de condimentar su estancia, aquellos niños (entre los seis y los doce años, no lo olvidemos), recibieron todo el rechazo y los ataques que su condición de "rojos" y "comunistas" pudieran inspirar, como el discurso furibundo de Manuel Zorrilla ante la protección que se brindaba a niños extranjeros y ''rojos". Esa parva de chiquillos hambrientos, como respuesta a tan píos propósitos, apedrearon las iglesias de Morelia y a los representantes de la carcundia moreliana que habían acudido a misa.
Aquellos hijos del demonio tuvieron ocasión a lo largo de su vida de comprobar que la sumisión y la bondad no suele dar frutos con los opresores, y quien sobrevivió lo hizo gracias a mantener una actitud beligerante, algo que parecían haber olvidado los descendientes de los insurgentes de la revolución mexicana. Los supervivientes de los llamados "niños de Morelia", protagonizaron un motín tras otro, y se convirtieron en un problema de orden público, del que tuvo que ocuparse directamente Lázaro Cárdenas. Lo resolvió cesando al sádico director y carcelero, y suavizando las condiciones de encierro y supervivencia, hasta que, poco después, se cerraron los dos establecimientos, el destinado a las niñas y el de los niños, y fueron dispersados con destinos inciertos.
Los exiliados españoles con una formación y un estatus académico, y los representantes del Gobierno legal de la República en el exilio no se ocuparon, ni mucho ni poco. de aquella partida de niños facinerosos, que poco podían servir a su prestigio intelectual.
La historia edulcorada del México acogedor, hospitalario, benefactor de los vencidos de la guerra española es acogida con carcajadas sarcásticas por los supervivientes de los niños de Morelia. Porque ellos también fueron los destinarios de la política de exterminio institucionalizada contra el pueblo mexicano, y, quizás por eso se sienten unos gachupines tan mexicanos como el que más, y siempre estuvieron en pugna contra el poder.

Gatopardo- Atenco somos todos, 2007

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