©Eliseo Bayo Acabo de regresar de México- país al que amo y al que estoy vinculado por muchos conceptos- y me encuentro en apuros si quiero expresar en unas pocas líneas lo que he visto allí (imposible, lo que siento). México no es un solo país sino muchos. Allí coexisten el mundo desarrollado, industrializado, postmoderno, cosmopolita- que construye en un año más edificios singulares que Madrid en diez- y el inframundo de las grandes concentraciones urbanas al que acuden en masa los excedentes de la fuerza de trabajo agraria, y por inercia histórica los tataranietos de los que llegaban de todas las partes del Imperio a la ciudad de los Reyes (tlatoanis) y de los Dioses, a vivir del trueque, del mercadeo, de los oficios más variopintos o simplemente de la mendicidad, que no es tanto una necesidad de los pobres como una obligación de los ricos, para que éstos vean en aquéllos el espejo de la mudanza y de la rueda de la vida; el México antiguo, heredero directo de las grandes poblaciones indígenas con su carga profunda de tradiciones y de lenguas diversas, que mantiene sus instituciones camufladas con las occidentales en medio de una permanente crisis de supervivencia y adaptación, y el México oprimido, condicionado, por el poderoso vecino del Norte que construye muros de separación para tratar de detener lo que es inevitable: la recuperación de los grandes territorios del Sur por sus antiguos propietarios.
México es un hervidero. Es el país de las grandes iniciativas políticas, de la agitación permanente para buscar vías de arreglo a las crisis diversas que agitan a la sociedad; es el país donde millones de personas creen que la revolución no es cosa del pasado sino del futuro, y mantienen vivos a los grandes héroes del pasado, juntos y revueltos: los últimos emperadores aztecas, los padres de la nueva patria que lucharon contra los distintos invasores con Benito Juárez a la cabeza, los grandes iluminados revolucionarios como los hermanos Madero y Zapata, que encuentran, todos ellos, dignos sucesores en cuantos héroes anónimos o solamente conocidos por sus comunidades de origen mantienen la lucha, organizan poderosamente a la “sociedad civil” – concepto que encuentra su mejor y más completa expresión en México- y son liquidados o “desaparecidos” por centenas.
¿Y qué hay del México postelectoral? Callaré mi opinión para expresar la de otros, más cualificada que la mía y desde luego más comprometida con los hechos y con la realidad mexicana. A pesar de que el Tribunal Federal Electoral dijo su última palabra, dando por buenas y válidas las elecciones que “dieron el triunfo a Felipe Calderón”, lo cierto es que personalidades muy importantes y significativas de la vida mexicana- no vinculadas al candidato del PRD, Manuel López Obrador- dicen públicamente que, en efecto, “le dieron el triunfo, no las ganó”. Francisco de Paula León Olea, relevante político, empresario, poeta y compositor musical afirma que “México nunca había presenciado una campaña tan verdaderamente sucia entre facciones” y añade un deseo (que obviamente no se cumplió): “La única solución a la ingobernabilidad que plantea la situación política de México es la de decretar el conteo de los votos o, en su caso, la nulidad absoluta de las elecciones, para imponer un escarmiento ejemplar a la clase política, a la hegemonía económica, a los medios de difusión masiva, pero sobre todo y en forma especial al presidente de la República, para dejar sentado que en el futuro de este siglo XXI no haya más golpes de Estado electorales”.
¿Qué hacer una vez consumado lo que así es calificado por León Olea? A lo grave se añade lo peor: la pretensión de resolver el conflicto de Oaxaca por la fuerza de la intervención militar (solapada por la policía federal anti disturbios). El fracaso de la medida conduce inexorablemente a resolver el dilema: negociación política o más represión. Dice el histórico Manuel Camacho Solís que “en ninguno de los tres asuntos que parecen más transcendentes para la entrada del nuevo gobierno parece haber la debida claridad sobre lo que se quiere y cómo lograrlo. No la hay respecto de Oaxaca, ni sobre el trato que se le debe dar a Andrés Manuel López Obrador, ni en lo que toca a las mayores dificultades que se vislumbran en la relación bilateral con los Estados Unidos”. Es la hora de la catarsis. No se puede cerrar los ojos a la realidad. Camacho Solís dice que “se pretende gobernar como si no hubiera un problema de legitimidad. No se está pensando con seriedad en la necesidad de armar un acuerdo político mayor que reduzca las tensiones sociales y encauce los conflictos políticos. Lo que domina la política son las viejas reacciones pavlovianas del régimen autoritario: complicidad con quienes se van, adulación al que viene, manipulación primitiva de los medios a favor del régimen, distracción y legitimación externa, lucha por los cargos públicos y preparación de los nuevos negocios”.
La clase dirigente, reducida al clan de las élites, que pretende gobernar como si nada hubiera ocurrido, no lo tendrá fácil. Esta vez se le ha visto demasiado el plumero y las últimas elecciones han sido no la gota que desborda el vaso, sino el diluvio que puede arrasar la estructura viciada del poder en México. Ya no habrá más pactos como en el pasado para “arreglar” las chapuzas del “golpe de Estado electoral”. El diluvio está en la calle y exige cambios.
Según el prestigioso escritor y analista político Víctor Flores Olea, “la protesta se convierte en rebelión y la rebelión localizada en rebelión generalizada”. El problema no es el “narco”, ni la violencia en forma de secuestros y de guerras entre bandas rivales. El problema no está en el primer México, sino en los otros, “en la pobreza que afecta a más de 50% de la población, la insultante concentración de la riqueza, la carencia de trabajos que expulsa al Norte a más de medio millón de mexicanos al año”. Y añade: “Frente al atropello de la fuerza y el silencio de sus demandas, cada vez más compatriotas optan por la única salida que ven entreabierta, y que quisieran abrir más: la de la protesta enérgica y aún la de la rebelión, que por el desprecio de muchos funcionarios corre el riesgo de dispersarse y amplificarse en el país.”
Tras enumerar los agravios que los ciudadanos sufren a causa de la cerrazón de las élites gobernantes, Flores Olea concluye: “El hecho trágico es que muchos mexicanos sienten ya que no conducen a nada las movilizaciones y las demandas por la vía pacífica. Al contrario: ven que fatalmente se estrellan en los escudos, en las botas, en los gases lacrimógenos, en las tanquetas de la Policía Federal Preventiva. A tal punto hemos llegado: la mentira y la simulación como formas de hacer política, en el más absoluto olvido de las palabras y de la responsabilidad de las conductas”.
Lo que caracteriza a las últimas elecciones presidenciales es el desesperado (al parecer) intento de las élites del poder por mantener sus privilegios (equivalentes a corrupción). Según León Olea, notorios integrantes del poder como el ex presidente Salinas, el banquero Roberto Hernández, el dirigente panista Fernández de Cevallos y otros no menos poderosos “se han encargado de difundir la idea de que Andrés Manuel López Obrador es la reencarnación propia de Hugo Chávez o de Fidel Castro, quien retoma en su campaña el pensamiento radical de la extrema izquierda para atropellar el Estado de Derecho; lo acusaban también de atropellar las libertades y alentar odios de clase; y por supuesto, de entablar un conflicto con los Estados Unidos y todo aquello que conlleva la noción de la modernización y el capitalismo- nada podía ser más perverso.” Añade: “Mi impresión es que Andrés Manuel, para quienes conocen la estructura política del pensamiento de la izquierda, no es alguien a quien le interese atropellar el estado de derecho, ni tampoco violentar por violentar las libertades que alientan la evolución de la libre empresa, ni tampoco es un político que no entienda la experiencia histórica de México, de sus revoluciones y asonadas, ni sepa que este país es, a final de cuentas, el producto de un crisol de identidades que vive tanto de la riqueza y como conjunción y la heterogeneidad del pensamiento y la cultura. También me parece que le preocupa la escandalosa concentración de los privilegios a que México ha llegado, en virtud de nuestro modelo político y económico hegemónico”.
Lo que ha asustado de López Obrador es su anuncio público de poner a juicio los privilegios de las élites. En efecto, los que se han rebelado contra él no son los comerciantes, ni los empresarios pequeños y medianos que durante generaciones han desempeñado un trabajo productivo, sino aquellos que “de un día para otro al amparo del poder político y económico, violentando sin pudor el estado de derecho y faltándole al respeto a muchos mexicanos que trabajaron toda su vida para edificar una empresa productiva, fundaron imperios de corrupción y de monopolios que lastiman a México y a los mexicanos”.
©Eliseo Bayo
Foto de Álvarez Bravo