
Por Eliseo Bayo
El carácter presidencialista de las elecciones hace que el Presidente electo no refleje la voluntad de la mayoría de la nación
El enconado proceso electoral mexicano dejó en un muy apartado lugar la orden judicial de arresto dictada contra el ex presidente Luis Echevarría. Una semana antes de celebrarse los comicios electorales para elegir al nuevo presidente de la República para el próximo sexenio- 2006/2012- el juez José Angel Mattar Oliva ordenó la detención del famoso ex mandatario de México, bajo la acusación de los cargos más severos, presentados por el fiscal especial del caso, Ignacio Carrillo, designado por el presidente Fox.
Para los habituados a las sinuosidades de la política mexicana no resultó extraño que la presidencia de la República ordenara la escenificación de uno de los sacrificios humanos rituales que se dan al final o al principio de cada sexenio. La detención del ex presidente Luis Echevarría, quizás el más destacado de los dinosaurios del PRI, no puede ser desligada del momento en que se dio. Pudo haberse producido unos meses antes como también unos meses más tarde, pero hacerlo en esos días debía tener un mensaje abierto- y también subliminal y críptico-, tendente a recordar a los electores que el PRI, del que procede en su gran mayoría el PRD, guarda muchos y descompuestos cadáveres en el armario.
Una parte de ese mensaje quería dejar claro que los “revolucionarios”, “institucionales” o en vías de serlo, habían reprimido ferozmente los más diversos movimientos sociales de oposición, mientras que la “derecha civilizada”, el PAN, no sólo no había disparado un tiro contra ningún movimiento izquierdista, sino que ahí estaba, campando a sus anchas y diciendo siempre lo que le viene en gana, un “revolucionario profesional”, con pasamontañas, con libertad para pasearse por el país. Más claro, imposible.
No es un secreto que Luis Echevarría- conocido por sus ideas izquierdistas, y amigo de los republicanos españoles- reprimió con la máxima violencia el movimiento estudiantil de 1968. México tuvo su revolución estudiantil, abortada por el ejército. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos estudiantes murieron en aquellas jornadas- ni cuántos de ellos permanecen enterrados en los impenetrables campos militares de la ciudad de México, pero hay elementos que permiten cifrar el número de muertos en tres o cuatro centenares (las cifras oficiales mencionan solamente a 25). En los días posteriores a la matanza de estudiantes en la plaza de las Tres Culturas, ocurrida el 2 de octubre de 1968, elementos de la policía militar y de los temidos servicios secretos visitaron a los padres de las víctimas para decirles que si querían seguir disfrutando de los hijos que aún tenían vivos deberían olvidarse para siempre de indagar sobre las causas del fallecimiento del que acababa de morir. Se hizo durante años un espeso manto de silencio y de miedo sobre el asunto, hasta que fue desenterrado por las valientes madres de algunos de los estudiantes asesinados, y por los relatos escalofriantes de famosas escritoras convertidas en historiadores después de haber sido testigos de los hechos, como Elena Poniatovska, y la periodista italiana Oriana Fallacci.



Luis Echevarría era ministro de Gobernación con el presidente Gustavo Díaz Ordaz y ambos se distinguieron durante el sexenio (1964-1970) por la dura represión ejercida contra los izquierdistas. Además, el juez acusa a Luis Echevarría de genocidio, tortura, secuestro y desaparición de activistas (sindicalistas, guerrilleros, periodistas y maestros) durante su etapa de presidente de la República (1970-1976).
La detención del antiguo mandatario, que permanece en arresto domiciliario a causa de su avanzada edad, se ha producido curiosamente en vísperas de una de las elecciones más reñidas de la historia mexicana.
En realidad todas ellas han dado lugar a la sospecha. El antecedente más cercano está en las de 1988, cuando Carlos Salinas de Gortari arrebató la presidencia de la República que sin duda ganó Cuahuctemoc Cárdenas. En aquel verano tórrido la excusa fue que “se cayó el sistema”, y como consecuencia del fallo electrónico desaparecieron cientos de miles de votos. Hubo una seria amenaza de desestabilización pero al final la mayoría de los ciudadanos sólo acumuló más frustraciones y desengaños.
Debe decirse en honor de la inmensa y generosa población mexicana- en gran parte de origen directo indio y en su mayoría, mestiza- que sólo sus profundas raíces culturales, su organización familiar y su sentido de los valores tradicionales prehispánicos, fundidos después con la religiosidad cristiana- de la que se ha servido la casta dominante para mantenerlos en la pobreza-, ha impedido el estallido de una revolución que habría arrasado hasta los cimientos una sociedad montada sobre la injusticia, el expolio y el desprecio a los legítimos dueños de la tierra. A tal amenaza se enfrenta ahora la sociedad mexicana.
El PRI se mantuvo en el poder y empezó la “gran revolución salinista” que tuvo el mérito de producir el más selecto y nutrido grupo de multimillonarios mexicanos. Numerosos “hombres de paja” de Carlos Salinas de Gortari- que hubo de exiliarse al término de su mandato, dejando a su hermano Raúl de rehén en la cárcel de máxima seguridad, y conociendo después el asesinato de otro hermano- se hicieron dueños de las principales empresas del país: Bancos, Telecomunicaciones, Petroleras, cementeras, transportes, comercio exterior…
Al término del mandato de Salinas de Gortari la ciudadanía asistió atónita a plena luz del día, ante innumerables cámaras de televisión, al macabro asesinato o sacrificio ritual del candidato Colosio, un prometedor político honrado, bueno y al servicio de la ciudadanía. Sus asesinos estaban entre los que llevaron su féretro al panteón de hombres ilustres. La mujer de Colosio murió de pena poco después, dejando dos huérfanos propios, lo mismo que su marido dejó millones de huérfanos en la patria. De él ya nadie se acuerda.
El mandato de Zedillo, que resultó beneficiado de la desaparición del candidato oficial del PRI, trajo el caos económico, la devaluación y la desintegración moral de la República a manos de una clase política corrupta.
El triunfo del candidato del PAN, Vicente Fox, un alto ejecutivo de la Coca Cola muy vinculado a la administración de Washington por su amistad con los Bush, interrumpió la larga era de los gobiernos del PRI. Pareció que la derecha tradicional estaba dispuesta a trabajar por un México más solidario y justo, dando oportunidades de trabajo y de vida a millones de personas que sólo aspiran a alimentar a su numerosa familia. Si miramos a la macroeconomía Fox consiguió lo nunca hasta ahora visto: mantener la estabilidad del cambio del peso respecto del dólar, y crear las condiciones para la internacionalización de la economía mexicana, que en el aspecto social se manifiesta por el éxodo de más de cuatro millones de mexicanos durante su mandato, que son los que contribuyen con sus envíos monetarios a mantener a la gran familia mexicana sin trabajo ni horizontes.
Fox acabó su mandato con pena para la inmensa mayoría de los ciudadanos y con poca gloria para él. Descartado el retorno del PRI, el duelo se estableció entre el PAN (Felipe Calderón) y el PRD (Andrés Manuel López Obrador). Después de tensas jornadas- con evidencias clamorosas de frande- en las que los panistas no se resignaban a reconocer su derrota y los perredistas proclamaban su victoria, el Instituto Federal Electoral declaró, cinco días después de las elecciones, vencedor a Felipe Calderón. Con 41 millones de votos contados Calderón obtenía el 35.89 por 100 de los votos frente al 35.31 por % de los que fueron para Lopez Obrador. El primero quiso correr rápidamente la cortina y tendió la mano a sus opositores ofreciéndoles un gobierno de coalición. Lopez Obrador dijo que no reconocía esa victoria, alegó que se había producido un masivo fraude en todo el país y llamó a sus seguidores a una gran movilización general de los ciudadanos para que accedieran de todo el país a la ciudad de México.
Mientras, el Tribunal Federal Electoral tenía hasta el 31 de agosto plazo para resolver las innumerables denuncias por fraude electoral. El 6 de septiembre era la fecha última para proclamar al presidente de los Estados Unidos Mexicanos, pero si se hubiera decidido contar los votos uno a uno, como exige López Obrador, habrá que declarar nulas las elecciones y convocarlas de nuevo.
Mientras tanto, y con toda seguridad después, la sociedad mexicana sigue dramática y desigualmente dividida. De un lado una minoría que goza de los más desfasados privilegios; del otro, una inmensa mayoría de la población que sobrevive y se reproduce desde hace quinientos años en la más absoluta pobreza. En medio, una clase media que desearía vivir la realidad de lo que proclama su deseo de vivir en paz y con justicia en un verdadero paraíso terrenal.
Autor: Eliseo Bayo
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Foto de portada: Eliseo Bayo, año 2005
Fotos en el texto: En la serie de fotografías publicadas en la revista Proceso y en el diario El Mundo aparece cómo los estudiantes detenidos fueron torturados por los paramilitares y el Ejército. La secuencia se desarrolla en los sótanos del Edificio Chihuahua, situado en la plaza y recogen la detención y tortura de los líderes estudiantiles integrantes del Comité Nacional de Huelga.
Más información sobre la guerra sucia en México:
-De Verdad: México, 1968. Matanza en la Plaza de las Tres Culturas. Tlatelolco.
-http://redescolar.ilce.edu.mx/: Octubre 1968
-Tlatelolco oculto